po.Abro un poco las cortinas para que entre la luz de la media tarde. Tu cuerpo desnudo me insita a tomarte de nuevo y hacerte el amor, pero algo dentro de mi me pide sólo contemplarte, por lo que me siento en el sillón, desnudo, y prendo un cigarrillo.
Recorro con los ojos tu silueta: tu cabello despeinado enmarca la cara de satisfacción que expresas mientras duermes. Bajo un poco más la mirada y veo tus pechos carnudos, redondos, excelsos; tus pequeños pezones me invitan a lamerlos, pero me resisto y doy unas bocanadas grandes al cigarro.
El percing que traes en tu ombligo es una delicia. “Estás loco”, me dijiste alguna vez cuando te comenté que me fascina el movimiento de éste mientras empujo mi pene dentro de tu vagina.
Tus muslos… un deleite, más aún cuando te tiemblan al lamerlos y mordisquearlos antes de que me entretenga con tu clítoris.
Ya para cuando veía la pequeña línea de bellos en tu pubis te despiertas y me reclamas por el cigarrillo que, a estas alturas está por terminarse. Te acomodas en la cama, abres tus piernas y reclamas diciendo: “¿O prefieres estar ahí?”.
Pasas por un instante los dedos por tus labios ara luego tocarte los pechos y después recostarte en la cama.
Me levanto, agarro mi pene y camino hacia ti. Te abres más de piernas sin dejar de tocarte los pechos. te abro aún más para acostarme sobre ti pero no te penetro sino que sólo te beso. Paso de tu boca al cuello para después lamer el contorno de los pechos y, posteriormente, encontrarme con tus pezones. Succiono un poco el izquierdo como a ti te gusta, después paso al derecho y lo recorro con la lengua por los costados, en círculos y después de arriba abajo.
Te estremeces aún más cuando masturbo tu clítoris con la punta del glande. Siento tu sexo húmedo, caliente, irresistible. “Métemelo ya”, me dices, pero aún falta lo mejor.
Me pongo el condón.
Hago un ligero cambio, ahora utilizo mis dedos para masturbarte. Los humedezco un poco con tu lubricación. Te arqueas hacia mí y después te retuerces en placer. Respiras más rápido, gimes, me muerdes. Ya para cuando estás casi a llegar al orgasmo cambio los dedos por la lengua. Saboreo tu clítoris que en este momento está empapado… irresistible. Mientras mi lengua se concentra en frotarte, mi dedo índice entra y sale de tu vagina.
Explotas. Te aprietas con una mano un pecho y con la otra retuerces las sábanas. Los músculos de tu pelvis se contraen. Gimes aún más.
Antes de que todo pase introduzco mi pene en tu vagina e inicio el vaivén del sexo. Aprietas con más fuerza las sábanas mientras me empeño en hacerte gozar. Por tu grado de excitación decido empezar rápido y poco a poco voy disminuyendo la velocidad para después hacer movimientos circulares dentro de ti.
Te pido que cambiemos de posición a una mejor, para mí por supuesto… tú ya gozaste un poco… así que me acuesto y te sientas sobre mi pene. Empiezas a subir y bajar, por lo que tu percing, aquel que te he dicho que me fascina, se mueve para arriba y abajo, un movimiento casi parecido al de tus pechos.
Veo como te meneas en círculos cuando te cansas y pierdes el ritmo.
Después de un rato así decido terminar con el acto, por lo que te recuesto, pongo tus piernas sobre mis hombros y te meto el pene rápidamente. Gimes con fuerza mientras intentas alcanzar con tus manos mis nalgas.
Meto velocidad. Gimes más. Pides más. Besos tus pantorrillas. Siento tus caderas en mis manos. Mi sudor escurre por tus piernas. Tu sudor empapa la cama. Gritas. Gritas más y haces esos sonidos que me incitan a venirme.
Siento un cosquilleo en los testículos. Sé que me voy a venir. Apresuro aún más mis movimientos. Intuyes que ya estoy por llegar al final y me pides que lo haga. Exploto y siento que mi semen sale con fuerza.
Alejo abro tus piernas y me recuesto sobre ti.
“Qué rico”… me dices. Y quedamos tendidos, cansados, en una cama empapada en sudor.