Crónicas de un hombre común y corriente

miércoles, 18 de julio de 2007

Ciclo nuevo (PARTE UNO DE TRES)

Y fue ahí cuando terminamos. Jamás nos enteramos qué fue lo que pasó. Nunca nos dijimos nada. Nuestro egoísmo ocasionó que ninguno de los dos tratara de solucionar el tema. Simplemente dejamos de vernos, como si ya no nos interesara la vida del otro. Os días trascurrieron. Ni una llamada. Prefería no llegar a casa después del trabajo para despejarme un poco, para distraerme y no pensar en ti, para no acordarme de aquellas tardes que pasábamos juntos queriendo cambiar al mundo, de nuestras comidas, de los almuerzos y de las mañanas con olor a sexo.

Algunos conocidos me dijeron que tu hiciste lo mismo y pronto encontraste trabajo de medio tiempo en el cual pudiste entretenerte y dejar de pensar en mí. “Que bueno”, les dije, “espero que encuentre a alguien más”, precisé, aunque por dentro me desmoronaba.
Los meses pasaron y llegamos al año. Ni una llamada, ni un mail. Nada.
¿Cuál fue el motivo? Me preguntaron después de ese año. “la verdad que no me acuerdo… o prefiero no hacerlo.
Aunque sólo había sido un año ya había olvidado el olor de tu cabello, el vaivén de tu percing del ombligo cuando hacíamos el amor, tu forma de quejarte de placer. Y fue por esas fechas cuando a la oficina llegaron las nuevas promesas, como solían llamarle los jefes a los nuevos trabajadores: 3 hombres y dos mujeres.
Mientras los nuevos reclutas recibían las pláticas de bienvenida en la sala de juntas, Armando, mi compañero de cubículo, me dijo tajante: “aquella rubia parece que no sabe ni madres de lo que se hace aquí, me la voy a tener que coger para ver si entiende lo que se debe hacer”.
Después de una hora, cuando salieron de la sala de juntas, el jefe, un tipo gordo, de aquellos que creen que pueden humillar a los demás, pidió que les mostrara las instalaciones y los presentara con los demás miembros de la empresa.
“Horas perdidas y tanto chingado trabajo que hacer”. Aquí te presento al equipo nuevo, aclaró el jefe: el es Luis, ella Sayra, acá está Montserrat, el es Alejandro y por acá Rodolfo.
Después de dos horas de explicar las “bondades” de la empresa y lo “bueno” que es trabajar para ella, cada quién fue tomando su lugar. Fue ahí cuando Armando lanzó la primera jugada.
“Hola Sayra, hay varias cosas que no te demostró Luis, si quieres después te detallo los por menores”; “me parece bien”, contestó ella de buena gana…

martes, 3 de julio de 2007

perdiendo el trabajo

Por cuestiones de trabajo siempre debías usar una falda, por arriba de las rodillas, con holanes que con tu andar se movían coquetamente y dejaban ver de vez en vez un poco más arriba. Aparte de ello tus blusas ajustadas color marrón permitían ver el contorno de tu cuerpo y, cuando no traías delantal, de vez en cuando se transparentaban tus pezones. “para que dejen más propina”, decías.

Cada que pasaba por ti me comentabas: “El ser mesera no es para mí”, y te reprochabas el día que entraste con entusiasmo a aquel lugar. Fue hasta finales de enero del año pasado cuando, feliz me dijiste: “se la forma perfecta para dejar de trabajar en este pinche restauran”, y por más que te pegunté jamás me quisiste decir “es una sorpresa, me comentabas”.

Ese 14 de febrero a los dos nos tocó trabajar hasta tarde, pero como tu estabas encargada de cerrar el local me pediste que pasara por ti, “ok, dame media hora y estoy por allá”, te contesté sin ganas el teléfono. Más aún al ver que era media noche. A las 00:30 estaba fuera del local, las luces prendidas mostraban que en el lugar aún había vida. Ni siquiera toqué a la puerta, el ruido del motor del auto te alertó para que abrieras. Cuando entré por la pequeña puerta de la cortina te pregunté “¿y tu jefa en donde está?”, “se fue a cenar con su esposo”, me contestaste con un tono malicioso y agregaste “sólo deja limpio la barra y nos vamos”.

Con era más sueño que nada me senté en una silla junto a la barra para que me platicaras acerca de cómo te había ido en el día: que un cliente le gritó a su novia, que otro tronó con su pareja, que un par de novios ni siquiera comían por estar besándose” y mientras describías todo ello te contoneabas en la barra.

Por un largo rato me diste la espalda, por lo que pude ver tus redondas piernas y debido a que te estirabas un poco para alcanzar los lugares más alejados podía ver la parte trasera de tus muslos porque tu falda se levantaba un poco.

“¿Te gusta lo que ves?” me preguntaste, “claro que sí” te respondí; “Te parece si celebramos nuestro 14?” me cuestionaste de nuevo mientras te quitabas el delantal” a lo que respondí con un meneo de la cabeza.

Te sentaste sobre mí. Me besaste. Tu boca tenía un sabor a café dulce. Poco a poco desapareció el sueño que esa noche me invadía. Me excitó la forma en la que me montaste y tu lo notaste pues estabas arriba de mi pene “me da gusto que también quieras celebrar de la misma manera” me dijiste.

Te quité la blusa y, para mi sorpresa, ya no traías el sujetador “es parte de tu regalo” afirmaste antes de volverme a besar.

Levanté tu falda… tampoco traías calzón. Te abrí las nalgas. Me quitaste la camisa. Te agarré los pechos. Dejaste de besarme y me empujaste hacia ellos. Te lamí el contorno del derecho mientras que con una mano te apretaba suavemente el pezón del izquierdo. Te limitaste a acariciarme el cabello.

Te cargué para recostarte en la barra y permanecí de pie junto a ti. “métemelo”, me dijiste un poco excitada, “aún no”, te expliqué mientras te metía el dedo índice por tu vagina húmeda. Mientras te besaba los pechos tú intestaste agarrar mi pene sobre el pantalón y, al no poder quisiste levantare, “te dije que te esperaras”.

Abrí tus piernas y coloqué mi cabeza en medio. Tu lubricación hizo más apetitoso el querer lamerte. Apenas y rocé tu clítoris con la boca y tú ya te retorcías. Te tocabas los pechos suavemente. Decidí acercarme salvajemente. Con mis labios te jalé el clítoris y después concentré la lengua en ese punto, mientras tanto metía y sacaba mi dedo de tu vagina.

Sin dejar de hacerlo seguía lamiéndote hasta que explotaste: “¡Por favor ya métemelo!” me reclamaste excitada. Rápido me deshice de mis zapatos, calcetines, pantalón y ropa interior y me subí a la barra. Como a ninguno de los dos nos gusta la posición de misionero te acomodé de lado, abrí un poco tus piernas y metí el pene entre ellas. Como estábamos acostados de lado no pude deleitarme con el vaivén de tus pechos, ni con tu percing del ombligo y mucho menos pude apreciar la redondez de tu culo.

Cuando pensé en cambiarte de posición me pediste que terminara rápido, “quiero sentir que te vengas”, por lo que me concentré e incrementé la velocidad. Gracias a ello tu gemías con más fuerza, te contorsionaste más y apretabas con más fuera tus labios para que cumpliera con lo que me pediste.

Poco a poco incrementaban mis ganas de soltar todo mi semen dentro de ti. “Dámelo papi” me exigiste y apretaste con más fuerza mi pene, por lo que eyacule dentro de ti.

Descansamos un poco sobre la barra. “Ya vámonos que es tarde”, te dije. Justo cuando me paraba de la barra me comentaste “¿Recuerdas que tenía un plan para que me corrieran?”, “¡no me digas que tu jefa está adentro?” pregunté espantado; “no, para nada”, me contestaste para tranquilizarme, “pero ahí arriba hay cámaras que nos estuvieron observando” y te comenzaste a reír.

Después de limpiar de nuevo el lugar salimos y, ya cuando estábamos en el auto me preguntaste “¿Qué acaso no fue una excelente idea para dejar de trabajar de mesera?”