Y fue ahí cuando terminamos. Jamás nos enteramos qué fue lo que pasó. Nunca nos dijimos nada. Nuestro egoísmo ocasionó que ninguno de los dos tratara de solucionar el tema. Simplemente dejamos de vernos, como si ya no nos interesara la vida del otro. Os días trascurrieron. Ni una llamada. Prefería no llegar a casa después del trabajo para despejarme un poco, para distraerme y no pensar en ti, para no acordarme de aquellas tardes que pasábamos juntos queriendo cambiar al mundo, de nuestras comidas, de los almuerzos y de las mañanas con olor a sexo.
Algunos conocidos me dijeron que tu hiciste lo mismo y pronto encontraste trabajo de medio tiempo en el cual pudiste entretenerte y dejar de pensar en mí. “Que bueno”, les dije, “espero que encuentre a alguien más”, precisé, aunque por dentro me desmoronaba.
Los meses pasaron y llegamos al año. Ni una llamada, ni un mail. Nada.
¿Cuál fue el motivo? Me preguntaron después de ese año. “la verdad que no me acuerdo… o prefiero no hacerlo.
Aunque sólo había sido un año ya había olvidado el olor de tu cabello, el vaivén de tu percing del ombligo cuando hacíamos el amor, tu forma de quejarte de placer. Y fue por esas fechas cuando a la oficina llegaron las nuevas promesas, como solían llamarle los jefes a los nuevos trabajadores: 3 hombres y dos mujeres.
Mientras los nuevos reclutas recibían las pláticas de bienvenida en la sala de juntas, Armando, mi compañero de cubículo, me dijo tajante: “aquella rubia parece que no sabe ni madres de lo que se hace aquí, me la voy a tener que coger para ver si entiende lo que se debe hacer”.
Después de una hora, cuando salieron de la sala de juntas, el jefe, un tipo gordo, de aquellos que creen que pueden humillar a los demás, pidió que les mostrara las instalaciones y los presentara con los demás miembros de la empresa.
“Horas perdidas y tanto chingado trabajo que hacer”. Aquí te presento al equipo nuevo, aclaró el jefe: el es Luis, ella Sayra, acá está Montserrat, el es Alejandro y por acá Rodolfo.
Después de dos horas de explicar las “bondades” de la empresa y lo “bueno” que es trabajar para ella, cada quién fue tomando su lugar. Fue ahí cuando Armando lanzó la primera jugada.
“Hola Sayra, hay varias cosas que no te demostró Luis, si quieres después te detallo los por menores”; “me parece bien”, contestó ella de buena gana…